
Este es mi testimonio de pérdida de peso y diabetes. Yo no nací con una vida perfecta. Tampoco me crié en una familia con hábitos saludables, ni rodeada de consejos sobre alimentación o medicina natural.
Pero sí crecí viendo algo que marcó mi alma para siempre: la enfermedad crónica de mi madre… y su deterioro poco a poco, hasta que partió de esta tierra sin llegar a los 60 años.
Mi mamá fue diagnosticada con diabetes desde muy joven, alrededor de los 15 o 18 años. Desde entonces, su vida estuvo amarrada a la insulina, al control del azúcar, a los síntomas, a las complicaciones… y a los sacrificios. Pero también, con el pasar del tiempo, a la desesperanza.
Ella no tuvo acceso a la información ni al conocimiento que tenemos hoy. Y aunque luchó, no sabía cómo cuidarse de verdad.
Antes de los 40 años ya había sufrido un infarto. Padecía neuropatía diabética, lo que le causaba un dolor constante en piernas y manos. Perdió uno de sus dedos del pie derecho debido a una herida que no sanó, y tuvo que usar un andador y un AFO (una ortesis ortopédica desde el pie hasta debajo de la rodilla) para poder desplazarse, porque ya no tenía fuerza en sus piernas.
Aun así, nunca se rindió. Fue una mujer fuerte y determinada.
Cuando su condición empeoró, sus hijas —nosotras tres— estuvimos allí. Y fue un proceso que todavía me cuesta describir… porque no hay palabras suficientes para expresar el dolor de ver a tu madre deshacerse frente a ti.
Su cuerpo comenzó a ceder:
- Perdió movilidad.
- Perdió sus piernas.
- Su cabello se caía.
- Su piel se rompía con solo mirarla.
- Su energía se fue apagando.
Yo la vi apagarse poco a poco. Y aunque hicimos todo lo posible por estar a su lado, no pudimos salvarla.
La promesa silenciosa
Un día, después de una de esas visitas que me dejó emocionalmente destruida, algo dentro de mí se quebró… y también despertó.
Recuerdo haber pensado:
“Yo no quiero que mis hijas me vean así.
Yo no quiero que mis hijas vivan lo que yo estoy viviendo ahora.
Esto no puede repetirse. Aquí se rompe el ciclo.”
Y en ese momento, sin hacer grandes promesas públicas, sin subirlo a redes ni escribirlo en ningún papel, me hice una promesa a mí misma:
Voy a hacer lo que tenga que hacer para cambiar.
El inicio del nuevo camino
En ese momento, yo tenía más de 60 libras de sobrepeso.
Padecía diabetes.
Tenía presión alta.
Y estaba comenzando a sufrir de arritmias.
Ya mi cuerpo estaba hablando, y yo comencé a escucharlo.
Con el apoyo de mi esposo —que también estaba enfrentando su propio proceso—, empezamos a buscar, estudiar, experimentar, filtrar y aplicar.
Cambiamos nuestra alimentación.
Cambiamos la forma de ver el cuerpo.
Aprendimos a cuestionar, a discernir, a elegir con conciencia.
Y poco a poco, sin prisa pero sin pausa, mi cuerpo comenzó a sanar.
Hoy ya no soy diabética.
El cardiólogo me retiró los medicamentos para el corazón.
No tengo presión alta.
Y estoy en mi peso ideal —pero más importante aún: en paz conmigo misma.
Las raíces de una herencia anunciada
Desde pequeña me decían que estaba “destinada” a ser diabética, porque mi mamá y mis tías lo eran.
Recuerdo que me diagnosticaron hipoglucemia cuando era niña y tenía que visitar al doctor con frecuencia.
En aquel entonces, todo parecía señalar que mi destino ya estaba escrito…
pero hoy entiendo que solo era una advertencia del cuerpo que podía transformarse con conocimiento y acción.
Los primeros cambios
Cuando decidí comenzar, no fue con una dieta drástica ni eliminando todo de un día para otro.
Empecé reduciendo porciones y disminuyendo los alimentos con alto contenido de azúcar y ultraprocesados —como panes, dulces y refrescos—, pero sin eliminarlos completamente.
Poco a poco, mi cuerpo comenzó a responder: me sentía con más energía, con la mente más clara y con menos ansiedad por la comida.
Esos pequeños resultados me motivaron a seguir mejorando y a tomar decisiones cada vez más conscientes.
En los análisis de laboratorio que me realizaba periódicamente —colesterol, glucosa, A1c y otros— los valores comenzaron a mejorar hasta que finalmente reflejaron la necesidad de retirar los medicamentos para la diabetes.
Una sorpresa inesperada
Con el tiempo, empecé a sentir unos mareos fuertes que me preocuparon.
Pensé que tal vez había empeorado o que se trataba de una complicación cardíaca.
Ese miedo estaba muy presente en mí, porque en mi familia la enfermedad del corazón era común:
mi madre había sufrido infartos, mi abuela materna tenía marcapasos y dos de mis tíos también presentaban problemas cardíacos.
Por eso, cuando los mareos aparecieron, pensé que estaba repitiendo la misma historia.
Sin embargo, para mi sorpresa, tras visitar al cardiólogo y realizarme varios estudios —ecocardiogramas, pruebas de esfuerzo, electrocardiogramas y más—, descubrimos que los mareos provenían de los mismos medicamentos para la arritmia y la presión alta.
Había bajado tanto de peso y mejorado tanto mi salud, que ya no los necesitaba.
Mi presión se había regulado y mis arritmias habían desaparecido.
El cardiólogo me retiró los medicamentos, y desde ese momento, los mareos cesaron por completo.
La parte humana del proceso
Pero llegar hasta aquí no fue fácil.
Este camino no es una línea recta ni un salto milagroso.
Es una suma de días.
Días buenos, en los que te sientes fuerte y decidida…
y otros en los que cuesta seguir.
No fue solo cambiar lo que comía, sino cambiar cómo pensaba.
Aprendí que la verdadera transformación no ocurre de un día para otro, sino paso a paso, con pequeñas decisiones diarias:
beber más agua, dormir mejor, moverse, decir “no” a lo que sé que me hace daño y “sí” a lo que me devuelve la vida.
Cada cambio, por más pequeño que pareciera, me estaba acercando a la mujer que soy hoy.
Y aún sigo aprendiendo, porque este no es un destino… es un camino.
La razón por la que nació esta página
Lo que vivimos, tanto mi esposo como yo, no es solo una historia personal.
Es un mensaje.
Un recordatorio de que no estás condenado a repetir la historia de tu familia.
Que sí se puede despertar.
Que sí se puede sanar.
Y que, en este mundo lleno de toxinas, alimentos alterados y cuerpos maltratados, todavía hay esperanza si te detienes, te escuchas… y eliges un camino diferente.
Esta página nació por eso.
Porque tu cuerpo es tuyo… pero tu camino lo decides tú.
💬 Si esta historia tocó algo en tu corazón, te invito a seguir leyendo.
Aquí puedes conocer también la historia de mi esposo Tito, quien vivió un proceso completamente diferente… pero igual de transformador.
🔗 [Lee su historia aquí]
